Adolescencia embravecida

8:00 p.m., un par de años atrás, salgo de mi trabajo, arranco mi auto. Media cuadra después veo a dos adolescentes con uniforme de secundaria peleando de manera embravecida mientras siete u ocho de sus compañeros los observan.

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“¡Eh, qué pasa, dejen de pelear!”, grito con prisa y firmeza. Mi exclamación les distrae, se sueltan y voltean a verme. Enseguida vuelven la mirada hacia el contrincante y amagan con continuar. Me bajo del auto e insisto en que paren, al mismo tiempo que me dirijo a sus compañeros: “Y ustedes ¡dejen de mirar! ¡Hagan algo! ¡No dejen que se lastimen, son sus amigos, chingao!” Al oír mis gritos sale un vecino de su casa para sumarse a la exigencia de cese. Acceden. La pelea termina y cada uno se dirige hacia su respectivo grupo de amigos; uno sangrando de la nariz, el otro, al parecer ileso; ambos agitados, despeinados, hiperventilando, con la furia y el miedo en el rostro. Se alejan mientras los dos adultos nos quedamos vigilándolos hasta que vemos que toman caminos diferentes; antes el adolescente lastimado hizo una pausa en su camino, parecía desvanecerse pero sus compañeros lo sostienen y revisan su estado hasta que se repone para continuar su marcha.

Subo al auto y retomo mi camino. La adrenalina vuelve a su nivel. Entonces siento un hueco en el estómago. Estoy afectado por lo visto. Dos adolescentes peleando no sé por qué motivo. Dos jóvenes que llegarán a su casa donde probablemente sus padres ni se enteren de lo ocurrido en la calle. Dos adolescentes construyendo su personalidad bajo el paradigma de la masculinidad ruda, braca, agresiva, tóxica que empuja a resolver los problemas a través de los golpes, o a pelear simplemente para ostentarse superior al oponente. Dos adolescentes que al día siguiente volverán a la escuela, uno sintiéndose superior y el otro inferior, cuando en realidad serán los mismos de siempre, ni superiores ni inferiores, sólo denigrados al no poder utilizar la inteligencia para resolver las diferencias de manera civilizada y en su lugar terminar lastimando a otro miembro de su misma especie.

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Una escena de hombres: dos peleando, siete u ocho observando (o sea, alentando la agresividad desenfrenada con su pasividad) y otros dos llegando tarde —aun involuntariamente— para evitar el daño que ya se había generado.

El “nos vemos a salida” es una arenga entre estudiantes adolescentes que se repite desde hace mucho tiempo, vigente década tras década, como muestra de la lentitud de la evolución de la civilización, lo mismo que la emergencia de las nuevas masculinidades.

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Hoy se reconoce la violencia entre menores de edad en los entornos educativos, hasta existen leyes para su erradicación, en nuestra entidad se llama Ley para una Convivencia Libre de violencia en el Entorno Escolar para el Estado de Guanajuato y sus Municipios, y dice cosas muy lindas, por ejemplo, que una de sus finalidades es la de establecer una cultura de paz, entendiendo por esta, el conjunto de valores, actitudes y comportamientos, modos de vida y acción que, inspirándose en ella, reflejan el respeto de la vida, de la persona humana, de su dignidad y sus derechos, el rechazo de la violencia, comprendidas todas formas de terrorismo, y la adhesión a los principios de libertad, justicia, solidaridad, tolerancia y entendimiento, tanto en los pueblos como entre los grupos y las personas.

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Pero reconocimiento no significa acción. Como sociedad no estamos haciendo lo suficiente (ni siquiera lo mínimo) para realmente promover la cultura de paz. Por ejemplo, aún existen padres que castigan físicamente a sus hijos cuando se enteran que estos pelearon. Muchos padres y profesores continúan apostándole al castigo físico como medida disciplinaria (a pesar de que esto ya es ilegal), práctica que transgrede el cuerpo de los hijos y que siembra el permiso para que estos hagan lo mismo cuando no sepan resolver las diferencias o tengan conflictos con su prójimo.

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Imaginar que el adolescente que sangraba de la nariz es mi hijo, pone a temblar mis piernas. Saber que no está exento de quedar inmerso en dinámicas destructivas con sus pares me inquieta sobremanera debido a que una de las condiciones para que la violencia haga su aparición es la falta de un tercero que intervenga para frenarla. Mi esperanza es que si algo así llega a ocurrirle, existirá ese tercero que no se quedará mirando, pasivo, sino que asumirá su rol de mediador. Una esperanza solamente.

©Gaudencio Rodríguez Juárez

Psicólogo / gaudirj@hotmail.com

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